La primera vez que tuve que fui parte de un equipo de confirmación tiene su propia historia y su propia moraleja...
Había pasado el verano después de mi confirmación, había entrado al coro e iba una vez a la semana a misa en la capellania para cantar.
Un miércoles Cualquiera me encontré con una amiga cercana, habíamos estado en el mismo grupo de cachimbos y nos habían puesto en el mismo grupo de confirmación el año anterior.
Me comentó que le habían pedido que forme parte del equipo del programa de confirmación y que iba a ser guía (o catequista) ese año.
El sentimiento que tuve en ese momento no se puede llamar de otra forma que no sea envidia.
Un poco cegada por la soberbia me determiné a ser guía yo también, y cada que iba a la capellania preguntaba con quien podía hablar.
Empecé a ir a misa dos o tres veces a la semana a cantar y a incordiar a todo cuanto podía con un ahínco único a pesar de mi natural forma de ser callada y apática.
Un día, por fin, me dieron un nombre, un consagrado con quien podía hablar para ser parte del equipo.
Me acerqué corriendo, y le dije que quería apoyar en el equipo, que por favor me dejara participar. Él me invitó a una jornada que tendrían el domingo siguiente a la que por supuesto, yo fui.
A la mitad de la jornada de ese día dijeron los cargos que cada uno tendría, el mío no se mencionó. La vergüenza y el desánimo me inundaron en ese momento dejandome helada y callada y aquella amiga junto a otra que había estado con nosotras en nuestra propia confirma preguntaron por mí dando espacio a que se me incluyera en el último lugar del grupo de servicio.
El trabajo más pequeño entre los pequeños, lo que nunca había querido, ni pedido, toda yo era resentimiento y vergüenza; mi orgullo herido clamaba que dejara todo y me fuera en ese mismo momento.
Solo me detuvo el que esta segunda amiga estuviera en el mismo grupo que yo, aunque claro, ella era la segunda a cargo del grupo y yo apenas nada.
No quise saber nada del tema, seguía yendo a cantar los mismos días y seguía viendo a la misma gente. El primer día del programa hice todo lo que me dijeron, obedecía por completo y no me quejo de nada, pero al final del día solo quería hablar con el consagrado para decirle que me iba a retirar, los buenos modales estaban primero.
Sin embargo, no pude hablar con él, ni esa semana ni la siguiente, ni aun la siguiente a esa.
Mientras tanto, me iba acostumbrando al trabajo que hacía, me entusiasmaba especialmente embellecer la capilla y cantar para una oración.
Me fui enamorando de mis labores pequeñas y mi nula vida espiritual empezó a moverse lenta pero constantemente.
Descubrí a un Rey que era siervo, que se arrodilló frente a sus seguidores y les lavó los pies, un Rey que decía que había venido a servir y no a ser servido.
Ese Rey me enseñó que mis pequeñas labores eran importantes para él y que aunque nadie viera ni supiera lo que hacía era importante, que era necesario que alguien lo hiciera y que me había buscado a mí para hacerlas , no como la última opción, sino como la primera.
Tiempo después El Rey me mostró el camino a Su Corazón, después casi un año entero de haber sido nombrada soldado recién pude estar en presencia real de Él.
Yo, con mis labores pequeñas y mi pequeñísima nada le era útil y agradable a Él y supe que así me quiso ahí.
Así, el puesto que ocupé, el último entre los últimos, el que más odié en mi vida, se transformó en el primer paso para una verdadera vida y se convirtió en la mejor escuela, que la arrogante y soberbia yo de esos años no sobrevivió. Y que feliz que así sea.
