Faltan 2 días para Noche Buena.
Es hora de tornar los ojos un poco al precursor por excelencia. San Juan Evangelista.
Si bien hay muchísimo que admirar en él solo son tres puntos los llamados a verse esta vez.
El primero es que al ser hijo de sacerdote y teniendo sangre de Aaron en sus venas, San Juan Bautista era según la ley antigua un sacerdote de Dios, un mediador entre Dios y los hombres. Y es él quien literalmente representa el sacerdocio antiguo y abre el camino al nuevo sacerdocio, al de Cristo, que es Sacerdote Eterno Según El Rito de Melquisedec. Que forma maravillosa en la cual el antiguo pacto y el nuevo se mezclan dando paso uno a otro y elevando este último a la perfección.
En segundo lugar, San Juan Bautista vivía en el desierto, se vestía con pieles, no comía manjares, no bebía ni vino y no se cortaba el cabello.... Él vivía en un permanente estado de espectante penitencia. Una conversión diaria en espera del Mesías. Y ¿no es acaso ese el significado del adviento? Esperar la llegada del Señor preparando nuestro interior y convirtiéndonos en su morada.
El Bautista ya vivía su adviento durante 30 años y 9 meses esperó por tener una vez más ese mismo encuentro que había tenido aun en el vientre de su madre cuando Isabel oyó la voz de María, él esperó y una vez tuvo la señal de que El Esperado había llegado dejó de luchar y sabiendo que había llegado su hora esperó la muerte con, creería yo, la alegría de saber que el trabajo ha sido hecho conforme a Dios y que la muerte es el regreso a Él.
Y finalmente, Juan pudo decir que él era el Mesías y todos le hubiesen creído, muchos le hubieran seguido hasta la muerte si era necesario, pero no, él supo cual era su ligar y su misión, no se igualó a Dios, sino que fue humilde y dio a Cristo su verdadero lugar.
Y tú, ¿le estas dando a Dios su verdadero lugar?
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