Hace muchísimos años Freud dijo
que cuando Galileo puso al sol como el centro del universo le quitó lo que lo hacía
superior, que el todo ya no giraba en torno a él.
Tal vez Freud, no oyó la historia
completa, para las personas del medioevo el hombre estaba parado entre el cielo
y el infierno, incluso en la obra de Dante Alighieri vemos como estamos más
cerca del infierno que del cielo, y en palabras sencillas, para los pensadores
de tales épocas, el hombre no hacía más que estar parado o revolcándose en las
heces del demonio.
Para ellos, el infierno estaba en
el centro de la tierra, el lugar más caliente que podían encontrar en el
planeta y por supuesto el cielo estaba en lo alto, estaba por supuesto, en el
cielo, al lado del sol que recordaba a Dios.
Y entonces llegó Galileo, y tomó
la tierra y la puso en el cielo, puso a la tierra a girar alrededor del Sol.
Galileo elevó al hombre a una
criatura celeste, lo acercó a Dios y lo levantó de la porquería en la que se
revolcaba para hacerlo girar levemente alrededor de Dios, dejando que el sol y
su calor lo iluminen.
Así también Jesús, Él vino y
cambió todo, y al hombre, que había caído en pecado y miseria, que había ofendido
al Dios que lo había buscado sin cansancio, que había renunciado a su amor, que
según una de tantas figuras bíblicas se revolcaba en su propio charco de
sangre, lo elevó a su misma dignidad.
Tomó al hombre que era creatura y
lo hizo hijo, tal como Él mismo lo era. Y lo hizo con todos, a todos nos hizo
hijos, a toda la humanidad, nos tomó del abismo de la eternidad olvidada y nos
preparó un trono de cielo para que podamos alcanzarlo.
Pero claro, aún hay hombre que
tal como Freud ven el momento de la elevación del hombre como una ofensa o un “golpe
a su soberbia”, que no han tenido la dicha de entender que el hombre si bien
puede no tener al mundo girando alrededor suyo, tiene al amor amándolo hasta la
última gota de sangre.
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