Mi palabra
favorita siempre será amor, todo lo reduzco a eso, a amar, amar bien, amar de
verdad, amar con el alma sin medida, sin pausa, sin dilación.
Amar, una
palabra que encierra cosas tan bonitas, que esconde el cielo y la felicitad
plena en cuatro simples letras que por lo demás podrían no ser nada.
Amar como
algo grande, algo bueno, no como esa cosa insulsa que algunos llaman amar y no
es más que una pasión rebelde y hartas veces estúpida.
Amor es
algo más allá de lo que aseguran los medios, amor es una palabra tan grande que
no se llena de abrazos ni besos, que no justifica agresión o celos, que no te
reduce a un objeto.
El amor lo
es todo, es la alegría más grande cimentada en la felicidad más profunda, es el
dolor más hondo y la carga más dura, y al mismo tiempo es la paz más plena, el
alivio más dulce y el descanso más satisfactorio.
El amor lo
encierra todo, cada logro, cada sonrisa, cada plática, cada esfuerzo de más que
se hace por alguien a quien se ama.
El amor fue
el inicio de las sociedades, cuando los padres buscaron poner techos sobre la
cabeza de sus hijos y alimentos en sus estómagos vacíos.
El amor
construyó los estados cuando empezamos a amar nuestra tierra y quererla mejor,
el amor desató guerras, porque unos eran más amados que otros, e incluso,
amores torpes desataron males al amarse más a sí mismos en un afán egoísta que
nubla el amor al otro.
En el amor
se reduce todo, toda la historia, pasado, presente y futuro.
Cada meta
que cada persona se traza, cada sueño que un niño anhela, cada mirada de una
madre a su niño en brazos, cada novio que ve a su novia caminando hacia él en
una iglesia, cada hijo que llora al enterrar a su padre, todo es amor.
El amor, el
amor verdadero no conoce de espacio ni tiempo, no se turba con anhelos huecos y
nunca, nunca termina. Un amor verdadero marca la historia del tiempo, a pesar
de todo viento en contra, siempre florece y se multiplica.
El amor se
puede hallar resplandeciente en la mirada de aquel amigo que no ves en mucho
tiempo, o en ese otro que está al otro lado del mundo, pero cuyo latido sigue
presente junto a tu pecho, el amor es perenne, el amor es eterno.
El amor,
sobre todo, nos lleva a ser más buenos, más gentiles, más felices, más plenos,
el amor de verdad nos lleva directamente al cielo.
Y es que,
¿a donde puede llevar el amor si no es a la plenitud de sí mismo?
El amor
arrastra a la fuente del amor cierto, al que paciente espera a sus amados hasta
el fin de los tiempos.
El amor
conduce hacia Aquel que mira con ojos enamorados, incluso a quienes se niegan a
mirarlo o a quien después de desgarrar su corazón se va de largo dejándolo
herido, clavado; pero Él, Él solo sigue amando.
A Él es a
quien el amor realmente lleva, porque el amor es Él mismo.
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